4.Todo cambia

4.Todo cambia

Normalmente cada verano Ada, Olga Edith y yo lo pasamos separadas y nos reunimos de nuevo al finalizar las vacaciones de verano, ya que cuando el mes de junio llega a la ciudad mis padres deciden hacer las maletas y viajar a la isla de Menorca, donde tenemos un pequeño pero muy bien situado piso en la playa.  Decidieron comprarlo cuando quedaron encandilados por las playas de la isla durante su luna de miel. Desde entonces pasamos cada verano allí.
Edith por el contrario pasa su verano aquí, ya que sus padres trabajan durante toda esta temporada. Este año al fin ha podido viajar sola y hemos pasado dos semanas inolvidables.
Los padres de Olga son totalmente opuestos a los míos y cada año viajan al norte de la península, donde tienen familia.
Ada por otro lado, cada verano viaja un lugar distinto. Este año ha estado en la Toscana italiana, donde conoció al chico con el que se mensaje cada día vía e-mail. A pesar de que todas las demás estamos seguras de que solo será un capricho pasajero ella apuesta que será el amor de su vida. Así es Ada. Cada año viaja a un lugar distinto, encandila a algún lugareño, generalmente increíblemente guapo y al cabo de tres meses decide que está demasiado aburrida para seguir hablando con él.

Cuando llego a casa mi padre aún no ha llegado, pero mi madre me recibe con una mirada inquisitiva esperando cada uno de los detalles del primer día.
Le cuento todo a cerca de lo que hemos visto tanto en la sala de simulaciones como en la sala de vuelo y las primeras impresiones sobre los profesores.
Y cuando termino pregunta:
-¿ Y los chicos qué tal?
– ¿Qué os pasa a todas con ese tema?- contesto
Entonces mamá se da la vuelta y comienza a cargar el lavavajillas. Avergonzada por mi reacción y tornándome del color de un tomate, cuando recuerdo lo ocurrido con aquel chico esa mañana, me dirijo a mi cuarto.

Me tumbo en la cama, continúo leyendo el libro que había empezado días antes y espero que pase el tiempo hasta que me llame Edith.
Suena el teléfono, lo cojo y contesto.
-¡Hola Ed!
-Indra, sal a tu puerta estoy esperándote.
Me miro de arriba abajo y me percato de que no me he quitado aún el traje de la escuela.
-Edith salgo en quince minutos.- Y cuelgo sin dar opción a que Edith me regañe, aunque se que me dedicará más de una mirada de desaprobación cuando me monte en su coche.
Me visto a la velocidad del rayo. Cojo unos vaqueros desteñidos, una camiseta ancha roja, con un escote demasiado pronunciado para mi gusto y unas botas Chelsea negras que me compré el invierno pasado.
Me aplico un poco de maquillaje y rimel en las pestañas y salgo corriendo por la puerta, todavía con la cola de caballo que me hice esta mañana. Me despido de mi madre gritando antes de cerrar la puerta de salida y de un bote me siento al lado de Edith.
-Cómo siempre tarde.
– Edith, lo siento se me olvidó cambiarme. No he tardado tanto- contesto dedicándole una sonrisa de niña buena.
-Siempre tienes alguna excusa, el día que lleguemos puntuales, ese día se habrá acabado el mundo Indra.
-No te enfades Edith. Y por favor intenta que no muramos en el intento.- Le dedico un guiño.
Edith refunfuña y acelera.
Mi amiga obtuvo su licencia para conducir a final de verano y todavía cuando me subía en ese viejo Polo Volkswagen sentía la necesidad de agarrarme al asidero y no soltarlo hasta que hubiera terminado el viaje.

Al llegar al parking del centro comercial Ed trata de aparcar entre dos coches, en un hueco realmente estrecho, pero después de maniobrar durante diez minutos consigue aparcar. Y  con dificultad conseguimos salir del vehículo.
Nos dirigimos al interior del centro comercial, al CloudySunday’s donde hemos quedado con Olga y Ada.
Vamos parloteando acerca del primer día nuestras expectativas y pidiendo que la comida que sirven en el comedor este año sea como mínimo digerible.
Entonces en ese instante pasamos por una zona de juegos recreativo donde se agrupan los jóvenes jugando al billar, futbolín y al girar la cabeza hacia uno de esos grupos, entonces lo veo. Ese pelo negro no pasa desapercibido fácilmente. Me abstraigo de todo lo demás y lo único que veo es a él. Y como si supiera que alguien lo estuviera mirando, gira la cabeza, me mira y con suficiencia me lanza una sonrisa, que esquivo desviando mi mirada, rezando para que esa sonrisa no fuera dirigida a mí y aún más importante para que mi amiga no hubiera visto nada. Podía llegar a ser realmente pesada.
Para mi alivio  ella perdió aún más el juicio que yo y comenzó a mirar y comentar como era posible que hubiera tanto chico guapo en tan poco espacio.

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