9.Inefable (1)

9.Inefable (1)

El domingo transcurrió de forma tranquila. Mi madre hizo tortitas que embadurné de chocolate, estuve casi toda la mañana sin poder moverme. Aproveche hasta la hora de comer para organizar los apuntes del año anterior y dejarlo todo listo para el día siguiente. Después de comer y echar una reparadora siesta me llamó Edith. Pasamos el resto de la tarde tumbadas sobre mi cama, hablando de todo y de nada. Esto era lo que más me gustaba de estar con mi amiga, pasar las horas y horas y que parecieran minutos. Aunque en ocasiones desearía que Edith parará de moverse y hablar, eso era lo que la hacía especial. Pero lo más importante e impresionante es que siempre sabe cuando debe permanecer callada,  mostrándote su apoyo aunque desconozca  que es lo que te preocupa aún así esperara a que estés preparada y lo compartas con ella. Por lo que cuando se fue a casa aunque no había conseguido tranquilizarme del todo, estaba más serena para enfrentar el día de mañana. Ese era el poder de Edith.

Cuando sonó el despertador a las siete en punto de la mañana deseeé apagarlo y dormir hasta el medio día. Saqué fuerzas y me enfundé mi trajé y me hice una trenza que nacia de la parte baja de mi cabeza. Bajé las escaleras de dos en dos, engullí una magdalena y un vaso de leche, casi ni los saboreé. En ese momento papá gritó mi nombre y sabía que era la hora de salir al instituto.                               Cuando llegué solo estaba allí Olga, Ada y Edith aún no habían llegado.  A los pocos minutos sonó el timbre que daba comienzo las clases, a la vez que mis dos amigas cruzaban la puerta principal del edificio. Según Ada a primera hora tendríamos clase de vuelo. Las cuatro nos dirigimos a la sala de vuelos, rogando porque el señor Quirós no hubiera llegado todavía. A pesar de solo retrasarnos un par de minutos, el profesor estaba ya allí y ocupamos muy rápidamente los últimos sitios que quedaban.

En el mismo momento en el que rocé la silla fui consciente de mi error. Por ello aunque no dirigí mi vista hacia los lados, siempre hacia el frente, pero aún así escuché una voz que decía:

-Seguro que si la clase hubiera sido de baile habrías llegado la primera. Eres una bailarina experta- dijo de forma petulante e irónica.

En ese momento como impulsada por un resorte me giré y noté como mis mejillas se enrojecían. Y le espeté:

-Eres un idiota. – dije a un volumen bastante más alto del que hubiera querido. Y en ese momento fui consciente de mi garrafal error. El señor Quirós se giró y me dirijió una mirada, elevando una ceja y dejando entre ver una risa malévola, aprovechando la oportunidad que yo misma le había brindado y me llamó por mi apellido. -Señorita Beaga, si conoce también está asignatura que puede  hablar durante mi explicación, puede mostrarnos sus conocimientos, mediante una exhibición.

Y en ese momento pasé del rojo al blanco en cuestión de segundos y deseé que la tierra me hiciera desaparecer.

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